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Yo los haré pescadores de hombres

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¿Cómo puedo expresar lo que pienso sin lastimar a los demás?

 


¿Cuántas veces por no lastimar o causar conflictos no te animas a decir lo que sientes?

Y al final, resulta ser que quien termina lastimado es uno mismo por la impotencia de no expresarlo cuando se tuvo la oportunidad.

No es malo decir todo lo que pensamos. Sólo que debemos aprender a hacerlo de la manera correcta, bien elaborada e inteligente para no provocar daños irreparables en los demás. Pues éste resulta ser uno de los hábitos que más nos cuesta corregir, queremos que todos piensen y observen las cosas como nosotros lo hacemos.

En más de alguna vez nos ha tocado experimentar cómo ciertas personas han sufrido profundamente ante los comentarios nada tiernos de alguien que justifica estaban llenos de sinceridad y buena intención. Alegando ¡Yo no puedo dejar de decir lo que pienso! Como si tuvieran la verdad absoluta y eso les diera el derecho de no medir el tono de sus palabras y lastimar así a los demás.

La realidad es que cada persona percibe una situación de manera distinta a los demás. Eso es algo que debemos entender antes de emitir un comentario. No se trata de mentir ni mucho menos caer en la hipocresía con alguien, no, pero sí debemos ser sensibles al otro, para no confundir ni herir, sino realmente apoyar de manera efectiva al otro.

Decir lo que pensamos es una aventura, no es fácil. Preocuparnos por lo que los demás piensen o por cómo nos encontramos en ciertas situaciones parece complicar más las cosas. La salida fácil resulta ser callar u ocultar la verdad para no herir a nadie o quedar mal ante otros. Pero podemos hacerlo con un resultado favorable si nos lo proponemos.

La sinceridad jugará un papel importante ya que será nuestro mejor aliado si la sabemos utilizar. Efectivamente hay que ser lo más sinceros posibles sin necesidad de herir a los otros al dar nuestra opinión o punto de vista, pero debemos cuidar cómo decirlo. Por tanto, hay que tomar en cuenta el tono de nuestra voz, si al hablar con alguien, se nota en nuestro tono o en nuestro lenguaje no verbal nuestra molestia o tono de autoridad, los demás responderán de manera negativa y podríamos generar una discusión sin salida.

Guardar por mucho tiempo lo que se piensa no es una buena idea ni mucho menos un buen hábito. Si te encuentras dentro de una situación en la que sientes que debes decir alguna cosa, busca el momento para hacerlo, ya que los ánimos se calmen y sea posible establecer una comunicación más fluida desde el respeto y entendimiento y no desde la condenación o sólo juzgar. Por nada del mundo recurras a insultos ni agresiones.

El callar o no expresar nuestras opiniones o sentimientos como ya lo dijimos no es la mejor idea, porque puede pasar que se presente de nuevo alguna situación tensa en particular en la que todo lo que se guardó y no se dijo salga a flote y se pueda explotar agresivamente. Lo mejor será pensar y buscar las palabras adecuadas con calma para así no aplazar aquello que queremos decir.

Otra cosa muy importa será escuchar al otro con atención y ser compresivos para entender sus razones que igualmente serán muy válidas. Por nuestra parte debemos no ser tan cerrados en nuestro punto de vista y tomar también en cuenta lo que el otro tiene que decirnos, esto nos ayudará a llegar a acuerdos beneficiosos para ambas partes.

Debemos aprender a ser empáticos a la hora de hablar con otras personas en el momento de una diferencia o conflicto, además debemos cuidar la forma en cómo lo digamos y por un momento también vernos en los zapatos del otro. Esto ayuda a tener una visión más amplia de lo que en realidad está pasando y así buscar la mejor salida al conflicto.

Hagamos todo lo que podamos para que nosotros y las personas que nos rodean nos encontremos en la mejor de las disposiciones y podamos salvar esos obstáculos que a veces se nos presentan en el camino.

CRÉDITOS: CONMASGRACIA.ORG

¿Por qué los Sacerdotes no pueden casarse?

Más de alguna vez, como laicos nos hemos formulado o hemos escuchado este tipo de preguntas.

Grande es mi sorpresa al descubrir que muchos de nosotros como católicos desconocemos el origen y la definición del celibato sacerdotal. Incluso, más de alguno ha llegado a pensar que se trata de un invento de la Iglesia Católica, lo que resulta un error. El celibato sacerdotal es un don que sólo Dios otorga a algunos. A aquellos que tras escuchar su llamado se han atrevido a entregar su vida entera al servicio de Dios y de los hombres.

El Sacerdote que sintió su llamado a esta vocación Sacramental sabe que no se le permitirá compartirla junto con el Sacramento del matrimonio. Por tanto, al decirle sí al Señor, renuncia a la vida en pareja para vivir una vida en comunidad. Esto lo hace de manera voluntaria y por amor a Cristo Jesús a quien está llamado a imitar en todo. El Catecismo de la Iglesia Católica en el 1579 nos dice:

Todos los ministros ordenados de la Iglesia latina, exceptuados los diáconos permanentes, son ordinariamente elegidos entre hombres creyentes que viven como célibes y que tienen la voluntad de guardar el celibato “por el Reino de los cielos“.

Asimismo, el Código de Derecho Canónico refiere que:

Los clérigos están obligados a observar una continencia perfecta y perpetua por el Reino de los cielos y, por tanto, quedan sujetos a guardar el celibato, que es un don peculiar de Dios mediante el cual los ministros sagrados pueden unirse más fácilmente a Cristo con un corazón entero y dedicarse con mayor libertad al servicio de Dios y de los hombres (c. 277).

En consecuencia, al ser un don de Dios, lleva también consigo el compromiso de vivirlo en fidelidad. El celibato permite al Sacerdote entregarse libre y completamente al servicio de Dios y de sus fieles. Así nos lo confirma San Pablo al decir:

Yo quisiera verlos libres de preocupaciones. El que no se ha casado se preocupa de las cosas del Señor y de cómo agradarle. No así el que se ha casado, pues se preocupa de las cosas del mundo y de cómo agradar a su esposa, y está dividido (1Cor 7, 32-33).

Por lo que un hombre no puede entregarse en la misma proporción a las cosas de Dios y de los hombres, si tiene una familia por la cual preocuparse y de la cual responder. En consecuencia, podemos entender que un Sacerdote casado tendría su corazón dividido y no podría vivir su magisterio completamente entregado al Señor.

Con todo esto no podemos decir que un sacerdote esté siendo privado de algo. Al contrario, es una donación total y voluntaria al matrimonio con la Iglesia de Cristo, que como tal le demandará todo su ser. No hay persona que viva más enamorada que un Sacerdote fiel a su esposa, la Iglesia.

Ser sacerdote no es para los egoístas ni los débiles, es para aquellos hombres valientes y generosos dispuestos a amar intensamente a través del servicio y la entrega total a todos los hombres por amor a Jesús.

CRÉDITOS: CONMASGRACIA.ORG

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